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martes, 27 de octubre de 2015
sábado, 17 de octubre de 2015
Volvemos
Después de varios meses de idas y venidas, de contratiempos y, sobre todo, de viajes vuelvo a Manda una postal para seguir contándoos todo acerca de esta experiencia tan maravillosa que nos une.
He de deciros que en este tiempo he salido de España para ir a algunos de los lugares más maravillosos del planeta. He ido a Múnich a beber cerveza y a comer codillo, he llegado hasta el corazón de la República Checa y me he sumergido entre sus gentes y su cultura, he visto un castillo en Alemania que parecía sacado de un cuento de hadas, he paseado por las calles de Salzburgo, en Austria, contemplando maravillada el río Salzach y sus hermosos edificios, he llegado hasta Tailandia para empaparme de la cultura Thai, del Budismo y de sus contrastes y, por último, he viajado a Camboya para descubrir la historia que tiene, tan oculta y maravillosa a la vez.
Os contaré todas las experiencias que he tenido y, ahora que ha llegado el Otoño, no dudaré en recomendaros sitios a los que ir durante esta época del año.
Volvemos.
domingo, 11 de enero de 2015
La Via dell'Amore
Todos hemos oído hablar de las románticas calles de París, de los largos puentes de Roma o de los cientos de candados que llenan cada barandilla de Sevilla. Todos estos lugares son famosos, entre otras cosas, por el amor que despiertan. Pero pocas personas han oído hablar de la Vía del Amor que se encuentra en las 5 Terre de la Liguria italiana.
Muchos de los turistas que han ido dicen que "Si no estabas enamorado, volverías estándolo de este increíble paraje".
Es un camino de poco más de un kilómetro que transcurre al borde de un acantilado. Pero, antes de todo esto, ¿qué son las 5 Terre? Son cinco pequeños pueblos italianos a los que no se puede acceder en coche. Guardan la arquitectura y el ambiente de la Italia más tradicional y están unidos por un tren o varias sendas por la montaña. Son Riomaggiore, Manarola, Corniglia, Vernazza y Monterosso.
La Vía del Amor se extiende desde Riomaggiore hasta Manarola y es considerado uno de los lugares más románticos de Italia. Es común que los enamorados acudan a enganchar un candado a una de sus barandillas y luego tiren su llave al mar sellando así su amor (las tiendas que hay rompen la magia vendiendo candados ya preparados).
Son los propios vecinos los que se encargan de la limpieza y mantenimiento de la Vía, por lo que los 6 euros que cuesta pasear por ella se destinan íntegros a esta labor.
Al inicio de la Vía hay un dibujo en el que pone Camino de la escritura del amor y hay varios bancos donde poder sentarse. También existen bajadas al mar para que los enamorados puedan contemplar el agua más de cerca o, simplemente, pasar un momento más íntimo. A lo largo del camino se pueden encontrar muchos nombres rayados o pintados y referencias a Dioses de la mitología relacionados con el amor; pero, sobre todo, miles y miles de candados con iniciales enganchados en cualquier tramo.
¡No todos los días se encuentra un acantilado dedicado al amor!

martes, 25 de noviembre de 2014
Día 1: Marrakech
Hoy he visto en una revista esta publicidad sobre Marrakech, que me ha parecido fascinante ya que retrata un diario de viaje y he querido compartirla con vosotros. Os recomiendo conocer la ciudad. Para más información sobre ella podéis visitar la guía de Marrakech.
jueves, 6 de noviembre de 2014
Vive viajando y viaja soñando
Como el día de tu cumpleaños, la entrega del boletín de notas o la apertura de esa tienda que tanto te gusta; la fecha de un viaje es algo que se espera durante todo el año. Y es que no se necesitan muchas cosas para hacerlo, conozco a gente que ha planificado un viaje en dos horas, ya habréis oído eso de cuando no planificas las cosas es cuando mejor te lo pasas. Y da igual que sea Nueva York con sus rascacielos acariciando a las nubes, Londres con su gran ojo girando continuamente, Moscú con sus característicos edificios y su Metro recordándote las estancias de un gran palacio o Milán con sus infinitas boutiques de moda. Ni siquiera importa que sean las cálidas playas del Caribe o el frío de Alaska, las ruinas de Machu Picchu en Perú, los grandes desiertos de Túnez, el Chichen Itza de la Riviera Maya, los safaris de Sudáfrica, Nueva Zelanda permitiéndote conocer la cultura maorí o los imponentes templos de Japón. Porque vayas a donde vayas será lo que más desees en ese momento, lo que te hará palpitar el corazón un poquito más rápido y lo que hará que no dejes de hablar de ello con cada persona que te encuentres.
Como dijo Hipólito Taine: "Viajamos para cambiar, no de lugar, sino de ideas." Y es que al empezar un viaje, nos abrimos a nuevas costumbres y culturas. Viajamos para conocer, para experimentar. Viajando acabamos con todos nuestros prejuicios y nos deshacemos de la idea de que sólo en nuestro país de origen podemos vivir tal y como estamos acostumbrados.
¡Qué bonito es descubrir poco a poco las costumbres extranjeras! Darte cuenta de que interiorizas sus hábitos, de que de repente te das cuenta de que entiendes sus movimientos. Formar parte de la vida de otras culturas es una sensación que sólo puedes experimentar si viajas. Porque viajar es la única cosa que compramos que nos hace más ricos. Como citó el escritor, viajero y periodista Javier Reverte: "La aventura de viajar consiste en ser capaz de vivir como un evento extraordinario la vida cotidiana de otras gentes en parajes lejanos a tu hogar."
Viajar no está limitado a ningún tipo de edad, sexo, raza, religión o ideología. Lo único imprescindible para realizar un viaje es ir predispuesto a aprender, a descubrir, a explorar, a disfrutar.
Por todo ello, nunca dejes de viajar. Vive viajando y viaja soñando.
jueves, 30 de octubre de 2014
Estambul, choque de civilizaciones
A pesar del calor de los bazares, de la simpatía de la gente y de los dulces tés hirviendo que sirven en cada restaurante; si viajas a Estambul en diciembre tendrás que preparar una maleta llena de abrigos. Así lo hice yo cuando fui y, a pesar de ello, sentí frío al salir por las puertas del aeropuerto de Ataturk. Lo primero en lo que me fijé al llegar fue en la gran cantidad de taxis que había y en la prisa de los coches por la autopista, donde en ocasiones se formaban grandes atascos. Ésto no resulta raro si tenemos en cuenta que Estambul tiene más de catorce millones de habitantes. Por la ventanilla del taxi veía continuas mezquitas y edificios que me recordaban a Aladdin, mi película de la infancia, y no podía dejar de pensar en los años de Historia que tenía la gran ciudad que se presentaba ante mí.
Lo que más me impresionó no fue la Mezquita Azul, ni Santa Sofía, ni siquiera el puente Galata ni el puerto de Eminönü; sino los grandes bazares donde gente de todas las edades, razas y culturas acudía a comprar cosas mediante el truco del regateo.
Una fusión de colores y aromas se entremezclaban entre los diferentes puestos, donde se podían encontrar desde telas y cueros hasta falsificaciones, sin olvidar las famosas shishas. En la puerta central del Gran Bazar se encontraba el punto de encuentro de la mayoría de turistas: la columna de Çemberlitaş. Ésta se erigió como monumento a las órdenes del emperador Constantino al declarar Bizancio como capital del imperio romano.
El resto de los días los pasé visitando mezquitas, en las que había que descalzarse para entrar y cubrirse la cabeza con un velo. Según la religión islámica esto se hace para no incomodar a Alá. Los musulmanes, además, se lavan las manos y la cara antes de entrar en una mezquita y luego rezan. La oración es un ritual complicado que consta de una serie de pasos y que se debe hacer siempre mirando hacia el Mihrab, que está orientado a la Meca.
La comida turca me resultó demasiado picante y no era como me la había imaginado (sólo encontré un puesto de kebabs parecidos a los que se hacen en España).
El último día fui al café Pierre Loti, que estaba al lado de un cementerio. Este café era famoso porque el escritor y explorador Pierre Loti acudía a menudo para meditar mientras bebía uno de los más de quince tipos de té que se servían.
El último día, mientras esperaba en el aeropuerto para regresar a España, no pude evitar pensar en la gran cantidad de contrastes de Estambul y en toda la Historia que había pasado por sus calles. Pensé en todos los nombres que había tenido (Constantinopla, Bizancio y Estambul) y en lo importante y estratégica que había sido para todos los imperios. Me alegré de que estuviese tan bien conservada y de que los monumentos permaneciesen intactos, y me senté en una cafetería del aeropuerto dispuesta a tomar mi último té en tierras turcas.
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